Tiempo
El secreto de los relojeros
Esa cosa misteriosa
Una de las pocas certezas que tenemos los seres humanos es que todo cuanto conocemos está sometido al tiempo. Éste todo lo transforma, desgasta, aniquila, envejece. Todo es arrastrado por el río del tiempo, que discurre en dirección única. De ahí se deriva la bella y sugerente expresión flecha del tiempo, que los físicos utilizan para designar este avance inexorable, siempre en un mismo sentido. Podemos andar hacia adelante o regresar en el camino, pero el tiempo es irreversible, no cesa de avanzar: no hay manera de volver a ser el niño que fuimos. Caminamos sin pausa y sin remedio hacia el abismo, o por decirlo de una manera menos dramática, hacia un eterno abrazo a las estrellas.
Sabemos que el concepto de tiempo es una necesaria invención humana y que ha ido variando a lo largo de la historia. A medida que el conocimiento científico ha avanzado, éste se ha convertido en una especie de goma –con gran capacidad elástica– que se estira cada vez más hacia el pasado y hacia el futuro, desde el Big Bang hace 13.000 millones de años hasta la anunciada muerte del sol, que tendrá lugar dentro de unos 4.500 millones. Sin embargo, no estamos capacitados para asimilar semejantes duraciones porque lo que realmente nos afecta e inquieta es el tiempo subjetivo, es decir, el que vivimos, cómo lo vivimos y cómo lo sentimos. Nuestra mirada no puede abarcar más de doscientos años de vida tangible, palpable: desde el mundo de nuestros bisabuelos, si tuvimos la suerte de que nuestros abuelos nos lo contaran, hasta nuestra vida actual. Una persona cultivada puede imaginar el mundo prehistórico –del que Jorge Oteiza decía con mucho sentido del humor que sólo nos separan 80 abuelas– o proyectarse a un futuro de ciencia ficción, por ejemplo con la ayuda de las novelas de Stanisław Lem. Nuestro cerebro no está capacitado para mucho más.
Además de unidireccional, irreversible, inabordable, elástico y subjetivo, el tiempo es también invisible. En ese sentido, como elegantemente sugiere el dramaturgo y pensador francés Jean Claude Carrière –fuente principal de este texto–, podríamos compararlo con el viento. Vemos las ramas que éste mece, el polvo que levanta, pero nadie puede ver el viento. Y con el tiempo sucede lo mismo: sólo podemos ver sus efectos, sus huellas o las heridas que produce.
Buenas intenciones
La fotografía, con apenas 200 años de existencia, se muestra como una herramienta torpe e insuficiente para enfrentar la enormidad de semejante fenómeno con tantas aristas. Aún así, fotografía y tiempo siempre han caminado de la mano y son inseparables. La fotografía facilita el retorno del pasado, nos proporciona el dulce y doloroso placer de someternos a la nostalgia y también conserva eternamente la presencia fugaz del referente, de lo fotografiado. Además, se le atribuye la capacidad de producir un corte en el devenir del tiempo, de congelarlo, como si inmovilizar el movimiento nos diera la ilusión de ver. Restando densidad y peso a estas ideas, no viene mal recordar aquella máxima de Salvador Dalí aplicable a la fotografía: “Lo mínimo que puede pedirse a una escultura es que no se mueva”.
El instante en su máxima expresión, el momento dilatado, la lucha contra el paso del tiempo, el tiempo profundo, las heridas y las huellas sobre el cuerpo y los objetos, el tiempo histórico, el personal, volver al pasado, regresar al futuro, el fin de nuestro tiempo, bucear en la memoria, la transitoriedad, la inminencia de la muerte, la durabilidad de las imágenes… son los acercamientos a esta misteriosa dimensión que nos proponen los artistas que participan en esta décima edición de Getxophoto. Unos dolorosos por la crudeza de lo que revelan, otros con efecto balsámico gracias a la poética que contienen. Todos ellos han sido lentamente seleccionados siguiendo la luz de dos ideas. La primera, extraída de una conversación con Christian Caujolle, a quién un día me atreví a preguntar qué consideraba él una buena fotografía. “Una obra fruto de un trabajo honesto cuya resolución estética es satisfactoria”, me dijo. La segunda, el hecho de que debería ser el tiempo el que emocionara, fascinara y punzara, es decir, el tiempo debería ser el punctum –conocido concepto que debemos a Roland Barthes, del que precisamente Caujolle fue alumno y colaborador–.
Nuestro tiempo
Cuenta una leyenda que a finales del siglo XVII, una sociedad secreta de relojeros decidió reunirse periódicamente para regular el ritmo del tic tac y acelerarlo progresivamente, de siglo en siglo. Querían armonizarlo con el tempo de la sociedad, que la mecánica de los relojes se adaptara al ritmo de la vida contemporánea. Pero esto es una ilusión. Un segundo dura lo mismo ahora que hace 300 años, sólo cambia la lectura que hagamos de ello. Hoy en día se han impuesto los relojes digitales que sólo dicen la hora que es en el momento y no la que no es,como los relojes de esfera, en los que además de la hora señalada, siempre están visibles todas las demás. Si uno no ve más que un pequeño rectángulo con una cifra, vive una serie de instantes sucesivos pero pierde la noción de situarse en el transcurso del tiempo.
Profesamos culto a las centésimas de segundo, a la velocidad, porque la apuesta es ganar tiempo, pero paradójicamente ya no hay tiempo para sentirlo. Sin embargo, hay esperanza porque cada vez son más numerosas la voces que reclaman la vuelta a la lentitud, a tomarse tiempo, en vez de que el tiempo lo tome a uno. Aunque no dejemos nunca de sentir miedo a nuestro propio fin, temor a lo desconocido y vértigo ante la eternidad –¿cuanto durará?–, consuela mucho saber que tenemos la fortuna de vivir conscientemente un fragmento de tiempo privilegiado y excepcional.
Jokin Aspuru

Nacido en Bilbao en mayo de 1968, es licenciado en Ciencias de la Imagen por la Universidad Complutense de Madrid. Ex–realizador de televisión, trabajó en ETB (televisión pública vasca) durante diez años en sus servicios informativos, especializándose en retransmisiones en directo. Ex–periodista, creó y dirigió durante otros diez años la revista cultural en euskara UK Uribe Kostako Aldizkaria. Como agitador cultural ha impulsado la edición de discos, fanzines, posters y documentales así como numerosas exposiciones fotográficas. Creó y fundó Gextophoto y es su director desde sus inicios.